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lunes, 6 de febrero de 2012

Es como caminar sobre el hielo. Al principio andas confiado, sin miedo, pensando que el hielo aguantará su peso. Pero poco a poco vas andando más despacio, cuidadosamente, sabiendo que cualquier paso en falso tendrá catastróficas consecuencias. Piensas el paso antes de darlo, pero finalmente, lo das.
Y entonces es cuando pasa. Oyes el crujido y miras desesperado a tu alrededor. Ves la orilla desde la que saliste y sabes que no te dará tiempo a llegar. Miras la orilla a la que te dirigías y sabes que no llegarás antes de que el hielo se rompa.
Y lo sabes, sabes que vas a caer. Durante unos segundos tienes plena conciencia de lo que sucederá. Caerás y el agua helada te golpeará en el pecho dejándote sin respiración. Te hundirás poco a poco con los brazos entumecidos por el frío. Y tendrás dos opciones, o nadar fuertemente contra el peso del agua o hundirte sin remedio hasta tocar fondo. Y lo sabes, y sabes que no puedes hacer nada para cambiar ese futuro, pero durante esos segundos en los que se rompe el hielo te da tiempo a recordar los buenos momentos que viviste. Y aunque sabes que caerás no te arrepientes de las decisiones que te han llevado hasta allí. 
Y lo último que escuchas antes de sumergirte en el agua helada es el ruido del hielo al resquebrajarse. O el ruido que hace un corazón al romperse. Porque andar sobre el hielo es como enamorarse.
Andas pensando que el hielo aguantará tu peso, aunque en el fondo sabes que caerás.

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